viernes, 19 de junio de 2009

aprendizaje mínimo


El debate era sonoro, se sucedían intervenciones que ganaban en intensidad, amagué un par de veces aportar lo mío, pero sin la convicción suficiente como para ganar mi turno. "Mire don si no sabe de que va a hablar mejor mándese mudar de acá que ya somos demasiados alzando la voz con énfasis y actitud" Una mirada puede decir todo eso y más creo yo. Mi impulso me llevaba a la intervención acalorada, pero repentinamente y en un gesto de cautela interno e imperceptible tuve que aceptar que realmente no sabía que quería decir. Para tantos es tan fácil iniciar una perorata sobre cualquier cosa, tanto desfachatado se sube a un escenario y la va de comediante que yo en mi egocentrismo me sentí con derecho a algo parecido. La cuestión es que me di media vuelta y me fui.
Pienso ahora que esa vez tomé otra opción. Una que no he solido elegir y lo bien que me hubiera venido tantas veces! Opté por callar, por suspender todo impulso exteriorizante. Pude, con un esfuerzo que finalmente no fue tan grande, sujetar ese ánimo desbocado que suele llevarme a la manifestación, las ansias se tornaron manejables y finalmente el placer del silencio se consolidó en mi.
Había sin embargo un gesto ampuloso, sobreactuado en el irme, como una molestia que todavía se vinculaba a las ganas contenidas de intervención. Pude darme cuenta y detuve esa marcha enérgica, doblegué la sensación de despecho y volví sobre mis pasos, a escuchar, simplemente, a atender los argumentos del resto, con toda la energía puesta en la atención y la reflexión interna.
Al cabo de un rato me fui, que una cosa es saber callar y otra prestarle la oreja a cualquier salame.

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