martes, 4 de marzo de 2008

Ese que me mira

Algo de exhibicionismo, algo de diluído pudor, como si la intimidad se metiera en una vitrina decorada y vistosa. Es cierto algo de todo eso tienen estos espacios digitales. Desconciertan, ponen todo encima de todo y nadie sabe que vale o que no.
Bueno puede ser y quizás sea ese su sentido en realidad, un estallido de manifestaciones, un nuevo cosmos de expresión. La ruptura irremediable de toda jerarquía discursiva, de toda referencia, y entonces pienso, ante las reacciones airadas ante tanta exposición banal pero de tamaña accesibilidad que mejor se puede hacer que aprovechar y producir.
Yo trato de hacerlo y dejo aquí en esta ventana que mira mis huecos, posados, adheridos, mis temores. Subo a la web fragmentos sin orden ni lógica y las cargo en un espacio que me espera todo el tiempo que yo quiera. Esta vez y para afianzar la naturaleza evocatoria viene un yo de muy atrás.
Me mira, ese que era me mira. Si, no se confundan detrás de ese enorme par de cristales sostenidos por un mastodóntico armazón se encuentra un yo, por esas cosas de la identidad, la memoria y otras estrategias discursivas que nos sostienen, ese yo soy yo hace tiempo. Estrávico, ya desde entonces, quiere interrogarme con ojos descontrolados, desparejos.
Ese que era toma la comunión. Sus padres lo vistieron con orgullo y peinaron con gomina. Y, creo, él no tiene muy en claro que hace ahí más que cumplir con la puesta en escena completa que asegura que una familia de clase media incorpore definitivamente a su primogénito al reino de un Señor que una década atrás aseguraban que no existía (si algo destaca el cuidado y esmero familiar yo diría que es la precisa solapa del saco). Observo, enmudecido por una sutil congoja mezcla de nostalgia y pena, la piel de ese niño desorientado, es la misma, creo, que toco en este momento, pero esa aún tiene la tersura infantil, esta ya perdió a costa de miles de brisas, sopapos, lluvias, miradas esquivas y soles esa delicada consistencia, aún así la de hoy recubre mejor mis propios anhelos, alberga y contiene con mayor eficacia, deseos y angustias de las que me siento con una soberanía que esa criatura, sé de lo que hablo, no tenía. Algo he ganado en este tiempo y se lo dedico en gran parte a ese intrigado y anteojudo infante.
Bien, me he exhibido en un doble sentido, pretérito y actual y no me siento vacío, me siento un poco mejor.

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