Pensó, tendría que dejar de exponerme tanto, porqué no evito esa tendencia al exhibicionismo casi obsceno que me suele arrebatar sobre todo durante la noche.
Mascullaba estas severas reconvenciones contra sí mismo cuando sonó el teléfono, la música sonaba a un volumen importante pero aún así la chicharra del inalámbrico se escuchaba. Atendió.
Su tono pretendió traslucir un estado de ánimo enfático y bien predispuesto con el simple Hola bien entonado. En todo caso y dependiendo de quien fuere habría de discurrir ocurrentemente acerca de sus actitudes decadentes y del espesor de su angustia, al fin y al cabo su tema de conversación preferido era él mismo, y esto que en realidad suele pasarnos a casi todos, él no dejaba de vivirlo tarde o temprano con un dejo de culpa.
Pero lo que no iba a permitir era que un tono demasiado franco de su voz denunciara la espesa niebla que dominaba su espíritu de manera espontánea ante cualquiera. Por respeto, por temor, por vanidad, por pudor, por todo esto o por otras razones que una mente más especulativa e ingeniosa podría llegar a dilucidar, lo cierto es que él tenía muchos reparos en mostrarse triste, frágil, en actitud de derrota y angustia ante los demás.
Del otro lado del teléfono no llegó a escucharse que una voz respondiera. Bajó un poco la música y volvió a repetir el hola pero con un tono decididamente más interrogativo. En los silencios que se produjeron entre el primer y el segundo hola y aún más luego del último tuvo la certeza de que alguien escuchaba del otro lado, no porque se oyera una respiración muy profunda más apropiada para una historia de terror (cosa que esto no es) sino porque hay un sentido que se activa en esas oportunidades y que determina que sin oírlo uno sabe que del otro lado hay alguien. Con esa convicción estaba a punto de volver a decir hola cuando quien llamaba cortó.
Él, cortó también. Se quedó pensando, tratando de decodificar ese acto estrictamente mudo. Estaba claro que no había sido una llamada equivocada, si eso hubiera ocurrido al menos hubiera dicho un nombre, o un perdón me equivoqué. Suponía varias posibilidades pero obviamente prefería que hubiera sido alguien en particular. Pensó que si fuera quien él imaginaba o deseaba implicaría una demostración de vigencia que ya descartaba para ese entonces y motivaba buena parte de su angustia presente. Todas estas cavilaciones lo habían animado, no diría que estaba exultante pero la llamada, como una brisa amable había barrido esa bruma que enturbiaba su ánimo. Se sirvió una copa más de vino mientras esbozaba una leve sonrisa de satisfacción. Se sintió presente en alguien, se sintió desafiante para alguien que a esa hora se animaba a llamar pero no a hablar. Le volvió una perspectiva y ya las cosas se veían distintas. Cambió la música y en ese claro que le queda a su departamento se puso a bailar como le gusta a él, solo y medio borracho.
Sin dudas ciertos estados internos muy densos, casi intolerables e impiadosos pueden cambiar momentáneamente y a causa de detalles muy pequeños.
Mascullaba estas severas reconvenciones contra sí mismo cuando sonó el teléfono, la música sonaba a un volumen importante pero aún así la chicharra del inalámbrico se escuchaba. Atendió.
Su tono pretendió traslucir un estado de ánimo enfático y bien predispuesto con el simple Hola bien entonado. En todo caso y dependiendo de quien fuere habría de discurrir ocurrentemente acerca de sus actitudes decadentes y del espesor de su angustia, al fin y al cabo su tema de conversación preferido era él mismo, y esto que en realidad suele pasarnos a casi todos, él no dejaba de vivirlo tarde o temprano con un dejo de culpa.
Pero lo que no iba a permitir era que un tono demasiado franco de su voz denunciara la espesa niebla que dominaba su espíritu de manera espontánea ante cualquiera. Por respeto, por temor, por vanidad, por pudor, por todo esto o por otras razones que una mente más especulativa e ingeniosa podría llegar a dilucidar, lo cierto es que él tenía muchos reparos en mostrarse triste, frágil, en actitud de derrota y angustia ante los demás.
Del otro lado del teléfono no llegó a escucharse que una voz respondiera. Bajó un poco la música y volvió a repetir el hola pero con un tono decididamente más interrogativo. En los silencios que se produjeron entre el primer y el segundo hola y aún más luego del último tuvo la certeza de que alguien escuchaba del otro lado, no porque se oyera una respiración muy profunda más apropiada para una historia de terror (cosa que esto no es) sino porque hay un sentido que se activa en esas oportunidades y que determina que sin oírlo uno sabe que del otro lado hay alguien. Con esa convicción estaba a punto de volver a decir hola cuando quien llamaba cortó.
Él, cortó también. Se quedó pensando, tratando de decodificar ese acto estrictamente mudo. Estaba claro que no había sido una llamada equivocada, si eso hubiera ocurrido al menos hubiera dicho un nombre, o un perdón me equivoqué. Suponía varias posibilidades pero obviamente prefería que hubiera sido alguien en particular. Pensó que si fuera quien él imaginaba o deseaba implicaría una demostración de vigencia que ya descartaba para ese entonces y motivaba buena parte de su angustia presente. Todas estas cavilaciones lo habían animado, no diría que estaba exultante pero la llamada, como una brisa amable había barrido esa bruma que enturbiaba su ánimo. Se sirvió una copa más de vino mientras esbozaba una leve sonrisa de satisfacción. Se sintió presente en alguien, se sintió desafiante para alguien que a esa hora se animaba a llamar pero no a hablar. Le volvió una perspectiva y ya las cosas se veían distintas. Cambió la música y en ese claro que le queda a su departamento se puso a bailar como le gusta a él, solo y medio borracho.
Sin dudas ciertos estados internos muy densos, casi intolerables e impiadosos pueden cambiar momentáneamente y a causa de detalles muy pequeños.
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