
En esta crónica discontinua de cierto recorrido emocional pienso en como se atraviesa una situación de angustia amorosa a una altura de la vida en la que uno ya es, objetivamente al menos, adulto.
Se abren interrogantes.
En la madurez uno sufre menos? Me parece que no. Entonces uno sufre mejor? resiste mejor el dolor, el sufrimiento? Puede ser.
No creo que pueda llegar a sufrir como lo hacía a los 20 años. Reconozco algún tipo de aprendizaje emocional. Quizás en eso consista la madurez.
Sin embargo ni pretendo ni deseo perder la capacidad de sufrir, es más reivindico la vigencia de esos estados acongojados, crepusculares.
Referencias materiales.
En el cuerpo uno va perdiendo sensibilidad, por zonas, de a cachos, que el dedo gordo del pie, que en alguna zona de las piernas.
Quizás eso pase también con la zona de uno donde viven las emociones -localización naif: el corazón-, de a cachos uno va perdiendo sensibilidades. Como un proceso de inmunización.
Pero la madurez también es un proceso de acumulación, se ganan cosas.
Perspectiva, por ejemplo.
Algunos saberes. Capacidades como la de soportar, esperar, aceptar, entender mejor las cosas.
Madurez como un revestimiento, como un enriquecimiento.
Concluyo.
El dolor maduro transita por superficies internas más complejas, se expresa con un lenguaje más elaborado y produce reacciones más precisas. Atrás quedó el tono fogoso, arrebatado, abismal. Ahora están las reclusiones, la contemplación, el monólogo interno, cierto espíritu compasivo.
En la patria de la angustia los maduros nos ubicamos en zonas más silenciosas y penumbrosas, que las explosiones y turbulencias las disfruten los jóvenes.
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