jueves, 16 de abril de 2009

De la Angustia recordada.

Como esos dudosos creyentes que recuerdan a su Dios en momentos límites, yo he hablado sobre la angustia en momentos de sufrimiento, de pesar.
Cómo hablar de ella sin estar poseído por su narcótico halo? Cómo involucrarse con sus motivos sin sentir su fría brisa en el alma?
Cómo hablar de la angustia sin estar angustiado?
Una aproximación científica. Ascéptica. 
Tendrá valor? No lo sé, pero lo intento.
Trato de recordar. 
Cuando me angustio suelo llorar con facilidad y los motivos se pueden diversificar. Una película infantil, un videoclip, imágenes callejeras. 
Llorar como una acción de drenaje espiritual. Diluídas en lágrimas, porciones de un dolor sin medida rebalsan. Un goteo minúsculo, un fluir intermitente. 
El dolor convertido en lágrimas que brotan sin freno.
Cuando me angustio tiendo a trasladarme caminando, tiendo a trasladarme en general, pero preferiblemente caminando. Creo que esa predisposición al traslado se aferra a la ilusión de poder dejar atrás el sufrimiento que se ha alojado en uno. Un alejarse ilusorio, desesperado, un querer irse de esa patria de congoja y pena.
El otro día no se donde (el cable y el zapping son una combinación letal para el que quiere recordar con precisión las fuentes de su información) una mujer decía que la angustia promueve los llantos y los viajes. 

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