lunes, 9 de julio de 2018

Milagro cotidiano

Dudo mucho en escribir estas líneas. Entre frase y frase me detengo un buen rato. Soy de los que piensan que hay cosas, por más acertadas que sean no deben ser dichas. Que se yo, un poco siguiendo eso de que no se puede hablar de todo. Sin embargo sigo escribiendo. Me quiero referir con asombro, ese asombro que alguna vez escuché decir, era el que habitaba en la mirada del universo que tenían los antiguos griegos, a un milagro cotidiano. El que se produce cada vez que nos dormimos, cada vez que nuestra conciencia se suspende por un rato. Lo pienso y me parece increíble. Ante el hambre, las penurias, la pobreza de cada vez más hermanos; ante las formas tan ominosas de la banalidad y la insensibilidad, ante la hipocrecía escandalosa, el cinismo cruel, los cataclismos medioambientales, la violencia y la injusticia, la codicia y su expansión pandémica, ante todo esto (de lo que dudaba en hablar), a lo que cada uno podrá sumar una lista aún mayor de personales padecimientos; aún así, conservamos la capacidad, auxilidada de diversas y muchas veces tóxicas maneras, de suspender la vigilia y ausentarnos de este mundo bajo la forma del sueño que a veces con sobrados motivos deriva en pesadillas y otras en escenas líricas, fantásticas, paradójicas o encantadoras.
Se conocen varios estudios sobre la actualidad del milagro del sueño, se sabe también que cada vez cuesta más propiciarlo (razones para tal dificultad como vimos no falta). Este hábito de cerrar los ojos y quedarnos quietos dejando que la parte más libre de nosotros invente algunas secuencias intimas, me parece, se trata de las cosas más sanas que aún hacemos.
No tengo los suficientes elementos para argumentarlo, pero intuyo que el espacio de libertad que aún posee el sueño deberá ser defendido en uno de los posibles futuros que se dibujan en el horizonte.

1 comentario:

Emilio Díaz dijo...

De los pocos espacios absolutamente propios que nos quedan.